Quizá prefieras quitártelo de encima ya. Incluso leer sobre bostezos basta para que a algunas personas les dé por bostezar. El psicólogo Robert Provine, que pasó años estudiándolo, señaló que hasta pensar en ello puede funcionar. Si acabas de bostezar, estás en buena compañía.
El estudio detrás de «dos de cada tres»
En 2014, Alex Bartholomew y Elizabeth Cirulli, de la Universidad de Duke, enseñaron a 328 personas un vídeo de unos tres minutos y contaron sus bostezos. De ellas, 222 bostezaron al menos una vez, el 67,7 %, con recuentos individuales de cero a quince.
Después buscaron qué lo predecía, y aquí viene lo interesante. La idea popular era que el bostezo contagioso refleja empatía: te contagias, según esa teoría, porque estás en sintonía con los demás. No encontraron tal relación con la empatía, y tampoco con el cansancio una vez tenida en cuenta la edad.
Lo único que lo predecía era la edad, y las personas mayores se contagiaban menos. Aun así, la edad explicaba solo el 8 % de la variación. La mayor parte de la diferencia entre una persona y otra sigue sin explicarse.
Cifras que no encontramos
Mientras preparábamos esto, nos encontramos un desglose muy limpio por edades: 82 %, 60 % y 41 %. Es el tipo de dato que apetece mucho repetir. No lo encontramos en el artículo, ni en la nota de prensa de Duke, ni en varias noticias sobre el estudio. El artículo trata la edad como una variable continua y no la divide en esos tramos. Lo contamos aquí por si te lo cruzas en otra parte.
¿Se puede parar?
Quizá. En dos experimentos pequeños publicados en 2007, Andrew y Gordon Gallup hicieron pruebas con gente que veía vídeos de bostezos.
- Respirar por la nariz. De 44 estudiantes, en grupos de 11, nadie que respirara por la nariz bostezó, frente a un 45-54 % en los demás grupos.
- Frío en la frente. De 33 estudiantes, con una bolsa fría bostezó el 9 %, una sola persona, frente al 41 % con una templada o a temperatura ambiente.
Son grupos muy pequeños, y estaban pensados para comprobar una hipótesis concreta: que bostezar ayuda a enfriar el cerebro. Esa idea sigue en discusión. También tenemos que admitir que leímos estos resultados en una reproducción del resumen y los métodos, no en el artículo original, y conviene tomarlos con la misma prudencia.
Y una vez que el bostezo ha empezado, pararlo es difícil. Provine lo describía como un patrón de acción fijo: en cuanto arranca, tiende a llegar hasta el final.
¿Por qué ocurre?
Nadie lo sabe con seguridad. Las dos ideas que más oirás son enfriar el cerebro y sincronizar al grupo, es decir, mantener a todos igual de alerta. Ninguna ha ganado. Las dos son hipótesis, y hasta ahí llegan las pruebas.
Los perros
Un estudio de 2008 encontró que 21 de 29 perros bostezaban al ver bostezar a una persona. Un intento de 2009 no lo reprodujo, y un reanálisis estadístico posterior de seis estudios sí apoyó el efecto. Así que lo más prudente es decir «en algunos estudios». Los chimpancés también parecen contagiarse, según un estudio de 2013 con 33 animales.
Lo que hemos leído
- Bartholomew y Cirulli, Individual Variation in Contagious Yawning Susceptibility, PLOS ONE, 2014
- Duke Health, Contagious yawning may not be linked to empathy
- Robert Provine, carta en APS Observer
- Gallup y Gallup, Evolutionary Psychology, 2007
- Reproducción del resumen y los métodos del estudio de Gallup, Baillement.com
- Provine sobre el bostezo contagioso, Baillement.com
- Perros y bostezo contagioso, resumen del reanálisis, Baillement.com



